01 · Planteamiento
Introducción
En toda comunicación es posible distinguir, al menos, dos dimensiones complementarias: una referida al tema o asunto acerca del cual las personas dialogan y otra referida a las características de quienes participan en dicha interacción y, por consiguiente, a las proposiciones relacionales que emergen de ellas. Mientras la primera organiza el contenido de la comunicación, la segunda condiciona el modo en que ésta se desarrolla y las posibilidades efectivas de comprensión entre los interlocutores. Es precisamente en este segundo nivel donde suele instalarse una paradoja clínica de frecuente observación, tanto en la vida cotidiana como en el ejercicio psicoterapéutico, que denominamos ‘la paradoja del sabio y los bobos’, y que consiste en la irritabilidad, el desaliento o la frustración que experimenta quien dispone de mayores recursos para comprender una situación cuando espera que el otro responda con capacidades de las que todavía carece.
Por otro lado, resulta indudable que las personas difieren entre sí en múltiples dimensiones —edad, experiencia, conocimientos, desarrollo cognitivo, inteligencia emocional, resiliencia y muchas otras—, configurando asimetrías funcionales que varían según las circunstancias. En este sentido, todos podemos ocupar, en diferentes momentos y contextos, la posición del sabio o la del bobo. La paradoja no surge, por tanto, de la existencia de dichas diferencias, sino del fracaso para reconocerlas y actuar en consecuencia, instaurándose entre ambos una verdadera confusión de lengua, en el sentido ferencziano del término, en la que cada uno interpreta la interacción desde niveles operatorios diferentes.
Desde la perspectiva del bobo pueden identificarse diversas condiciones que favorecen esta paradoja: la posición de un ‘sujeto supuesto de saber’, la confusión entre certeza y verdad, la ignorancia de la propia ignorancia, la acrítica producción de pensamientos insuficientemente elaborados, la ausencia de metacognición y diversos mecanismos de defensa cognitivos. Sin embargo, ninguna de estas características constituye, por sí misma, un imperativo operatorio, pues el bobo sólo puede responder desde el nivel de desarrollo que efectivamente posee, y, en ese sentido, sólo da forma a su condición de tal.
Desde la perspectiva del sabio, la situación es diferente, pues al disponer de un mayor desarrollo cognitivo y relacional, constituirse como un sujeto de saber y poseer información apropiada acerca del asunto, no sólo amplía sus posibilidades de comprensión y de comunicación, sino que, precisamente por ello, sobre él recae la mayor responsabilidad en la manera de conducir la interacción. Precisamente porque la paradoja se instaura en el momento en que esta asimetría funcional deja de ser reconocida, el Modelo Bioanalítico la transforma en un artefacto clínico que permite identificar los momentos operatorios en los que ella se constituye y los principios que orientan su resolución.
Mito / cuento
El druida y la pócima
El cuento que se presenta a continuación constituye una representación sencilla de esta paradoja. A partir de él será posible reconocer los cinco imperativos operatorios que orientan la intervención clínica y comprender cómo la responsabilidad relacional recae, no sobre quien dispone de menos recursos, sino sobre quien posee mayores posibilidades de reconocer la naturaleza del vínculo y actuar de manera congruente con ella.
Cierta vez, un viejo druida reunió a sus discípulos en el bosque para enseñarles a preparar una poción que, según decía, requería precisión, paciencia y experiencia.
Durante largo rato les fue indicando cada uno de los pasos: qué hierbas recoger, en qué orden mezclarlas, cuánto tiempo calentarlas y cuándo retirarlas del fuego.
Al cabo de una hora, pidió a cada discípulo que le mostrara el resultado. Probó una tras otra las pociones y comprobó, con creciente irritación, que ninguna había sido preparada correctamente. Entonces exclamó:
—¿Cómo es posible que ninguno de ustedes haya sido capaz de hacer correctamente una poción tan sencilla?
Uno de los discípulos bajó la cabeza y respondió:
—Perdón, maestro. No volverá a suceder.
Mientras tanto, otro murmuró en voz baja a sus compañeros:
—Si no sabe enseñar, ¿de qué se queja?
El druida alcanzó a escuchar el comentario y su irritación aumentó todavía más.
Fue entonces cuando un anciano que observaba la escena desde cierta distancia se acercó lentamente y le dijo:
«Te irritas porque esperas de tus discípulos el conocimiento que sólo tú posees. Ellos fracasan por no saber; tú fracasas por olvidar que aún no saben».
02 · Lectura clínica
Análisis del mito
El relato anterior permite advertir que el fracaso de la interacción no puede atribuirse, en sentido estricto, a la conducta del discípulo, pues el hecho de que éste no logre preparar correctamente la pócima constituye, precisamente, el desenlace esperable si aún no dispone de los conocimientos y habilidades necesarios para hacerlo y, en consecuencia, su error no representa una desviación del proceso, sino la expresión natural de su propio nivel de desarrollo. Sin embargo, la situación es diferente desde la perspectiva del maestro, pues al ser éste quien posee el conocimiento, también dispone de las mayores posibilidades para reconocer la naturaleza de la asimetría relacional y conducir la interacción de manera congruente con ella, de modo que el problema clínicamente relevante no radica en comprender por qué el discípulo se equivoca, sino en comprender por qué el maestro termina reaccionando como si el discípulo pudiera hacer aquello que todavía no puede hacer.
Desde el Modelo Bioanalítico, la paradoja del sabio y los bobos no pretende modificar la conducta del bobo, sino orientar la conducta del sabio, toda vez que su finalidad consiste en identificar aquellos principios operatorios que permiten a quien dispone de un mayor desarrollo cognitivo y relacional reconocer dicha asimetría, sostenerla y conducir la interacción hacia una resolución relacional virtuosa. Desde esta perspectiva, el desarrollo de la paradoja permite reconocer una secuencia de momentos críticos, cada uno de los cuales exige del sabio una respuesta específica, de la que derivan los cinco imperativos operatorios que orientan la conducción del vínculo y cuya responsabilidad recae exclusivamente sobre quien dispone de mayores posibilidades para comprender la naturaleza de la relación:
03 · Matriz operatoria
Los cinco imperativos
La paradoja orienta la conducta de quien dispone de mayores recursos. Cada momento crítico de la interacción exige una respuesta específica para reconocer la asimetría, sostenerla y conducir el vínculo hacia una resolución relacional más virtuosa.
El reforzamiento invisible
El primer momento crítico aparece cuando el sabio responde afectivamente a la defectualidad del bobo. Su irritación, impaciencia o descalificación no sólo fracasan como estrategia relacional, sino que introducen un giro en el eje de la interacción. En lugar de permanecer centrada en la situación o condición que dio origen al problema, la relación comienza a organizarse en torno a una relacionalidad oblicua (gratificación-frustración). Paradójicamente, esta respuesta termina reforzando la posición defectual del bobo, pues le ofrece una explicación alternativa para su fracaso; en consecuencia, la dificultad deja de atribuirse al desconocimiento, a la insuficiente elaboración, a la inmadurez operatoria o a cualquier otra limitación efectiva, para desplazarse hacia razones aparentemente más aceptables, como el egocentrismo del maestro, su mala disposición, su excesiva exigencia, su falta de paciencia o incluso su incapacidad para enseñar. De este modo, la irritación del sabio opera como un reforzador invisible de la defectualidad, al proporcionar al bobo una vía para preservar la coherencia de su autoimagen sin necesidad de reconocer los límites reales de su propio desarrollo.
La expectativa incumplida
El sabio sólo puede frustrarse porque, explícita o implícitamente, abriga la expectativa de que el otro responda de una manera determinada, satisfaciendo sus propios deseos e impulsos. Ello pone de manifiesto que toda frustración presupone una expectativa previa en la que no han sido evaluados con suficiente rigor los índices de realidad, esto es, las posibilidades efectivas del bobo para comprender o ejecutar aquello que se le demanda. Se genera así una sobreexigencia proyectiva respecto de aquello que aún no puede ser realizado.
Desde la perspectiva del Modelo Bioanalítico, la tarea del sabio consiste precisamente en suspender dicha expectativa hasta reconocer el verdadero nivel operatorio del otro; no se trata de reducir arbitrariamente las exigencias, sino de hacerlas compatibles con las capacidades y la disposición efectivamente disponibles. Presumir a priori que el otro quiere, puede, debe o incluso que le conviene responder a la demanda, sin haber verificado previamente sus condiciones reales, constituye un error autorreferencial, pues proyecta sobre el otro los propios deseos y posibilidades del sabio. En efecto, la frustración disminuye en la medida en que las expectativas dejan de organizarse desde el deseo del sabio y comienzan a estructurarse con arreglo a los índices de realidad.
Toda frustración presupone una expectativa previa que no ha sido contrastada suficientemente con los índices de realidad.
El reconocimiento de la defectualidad
Superados los momentos anteriores, corresponde al sabio asumir una tarea de mayor complejidad operatoria: reconocer genuinamente la defectualidad del otro, para lo cual debe abandonar toda interpretación moral o judicativa del déficit y sustituirla por una lectura ajustada a los índices de realidad. Este reconocimiento consiste en comprender la naturaleza específica de aquello que restringe las condiciones reales de posibilidad del otro, así como los procesos necesarios para favorecer su desarrollo. En este sentido, la interrogante clínica deja de ser «¿por qué no quiere?” para transformarse en «¿qué le impide todavía poder hacerlo?”.
Reconocer la defectualidad tampoco constituye un acto meramente intelectual, pues supone aceptar que dicha limitación es real, advertir el sufrimiento que conlleva, tolerar el malestar que su reconocimiento suscita y constatar las consecuencias que ese defecto comporta; todo ello implica renunciar al deseo de que el otro responda conforme a las propias expectativas para comenzar a comprenderlo desde sus posibilidades efectivas, acompañándolo en el reconocimiento de los bordes de su defectualidad sin transformarlos en un motivo de descalificación, vergüenza o humillación, toda vez que la toma de conciencia de un límite suele conllevar un importante costo emocional que también debe ser sostenido relacionalmente.
La pregunta deja de ser «¿por qué no quiere?» y se transforma en «¿qué le impide todavía poder hacerlo?».
La conducción del proceso relacional
Reconocida la naturaleza de la defectualidad, se inaugura una operatoria original que invita, por una parte, a comprender el tránsito desde esa condición hacia una posición más virtuosa y, por otra, a tomar conciencia de la desmentida que el sujeto probablemente opondrá frente a cada invitación a una modalidad diferente de relación, debido al monto de autoconciencia dolorosa que dicho proceso conlleva. Es precisamente en este punto donde adquieren pleno sentido las observaciones de Ferenczi acerca de la empatía, el timing, el tacto y, particularmente, del lenguaje de la ternura, toda vez que el lenguaje de la pasión no hace sino reactivar los temores, ataques y rechazos que la defectualidad —habitualmente instaurada como un mecanismo de defensa— tiende a movilizar.
Corresponde entonces decidir cómo relacionarse con dicha defectualidad, pues el conocimiento de la limitación ajena no autoriza la descalificación, sino que exige desplegar formas de intervención compatibles con esa condición: el tacto, el timing, la prudencia, la verdad, la ternura y la capacidad de sostener emocionalmente la interacción dejan así de constituir simples virtudes personales para transformarse en auténticos instrumentos operatorios orientados a favorecer el desarrollo del otro sin incrementar innecesariamente el sufrimiento que dicho proceso implica. Al mismo tiempo, el sabio deberá distinguir cuidadosamente entre aquello que constituye una limitación efectiva y aquello que responde a decisiones voluntarias del otro, evitando interpretar toda resistencia como defecto y toda defectualidad como mera resistencia; en este contexto, amar el defecto del otro no significa idealizarlo ni justificarlo, sino sostener el vínculo sin negar la realidad de aquello que todavía limita sus posibilidades y sin abandonar la invitación permanente a su desarrollo.
Tacto · timing · prudencia · verdad · ternura
El límite y la aceptación de la angustia de castración
Existe, finalmente, una condición en la cual este proceso deja de depender de la figura del sabio, pues, por más ajustada que haya sido su intervención, por mayor que sea el tacto desplegado y por más flexiblemente que haya conducido la relación, la posibilidad transmutativa de la propuesta de cambio pertenece, en última instancia, al ámbito de los recalculamientos intrapsíquicos del otro. Dado que resulta imposible conocer íntegramente la historia que constituye la biografía ajena y la totalidad de los acontecimientos que han configurado su existencia, toda intervención constituye, en rigor, una propuesta relacional que, además de exigir del sabio la reparación de los dolores infligidos al bobo, debe confrontar inevitablemente los límites que los índices de realidad imponen a toda operatoriedad.
Esta situación conduce al último logro de madurez del sabio: la elaboración de su propia angustia de castración, expresada en la aceptación de que el desenlace final de una interacción jamás depende exclusivamente de su competencia operatoria. Llegado este punto, el imperativo consiste en renunciar a toda pretensión de omnipotencia y aceptar que existen índices de realidad que trascienden tanto las aspiraciones personales como la calidad técnica de la intervención realizada, sin que ello implique menoscabo alguno de la identidad ni de la competencia del sabio. El eventual fracaso no constituye, entonces, la consecuencia de una insuficiencia o incompetencia, sino la manifestación de un límite inherente a toda relación humana, en la que el desenlace depende también de los recalculamientos del otro y de las condiciones de realidad que escapan a toda posibilidad de anticipación o control, sin que ello invalide los logros alcanzados ni el valor operatorio de la propuesta relacional desarrollada.
El último logro de madurez consiste en renunciar a toda pretensión de omnipotencia.
04 · Del principio a la práctica
Aplicación clínica
La paradoja del sabio y los bobos constituye un principio operatorio general aplicable a toda interacción caracterizada por una asimetría funcional. De hecho, siempre que una persona dispone de mayores recursos cognitivos, emocionales, técnicos o experienciales que otra, recae sobre ella una mayor responsabilidad en la conducción del vínculo. Así ocurre, por ejemplo, en la relación entre profesor y alumno, progenitor e hijo, médico y paciente, terapeuta y consultante, entrenador y deportista, jefe y trabajador novel, tutor y aprendiz, e incluso en numerosas situaciones cotidianas en las que una de las partes dispone de mayores posibilidades para comprender la naturaleza de la interacción. A continuación se presentan dos ejemplos destinados a ilustrar la aplicación de los cinco imperativos operatorios: el primero se desarrolla con mayor detalle para mostrar la lógica interna de la matriz; el segundo busca únicamente evidenciar que dichos principios pueden generalizarse a múltiples contextos relacionales.
Ejemplo 1. Un niño con tartamudez y su logopeda
Imaginemos a un niño que presenta una tartamudez importante y que acude a un logopeda con el propósito de mejorar su lenguaje. Cada vez que intenta expresar una idea aparecen bloqueos, repeticiones y un creciente esfuerzo por lograr terminar aquello que desea comunicar, mientras frente a él se encuentra un profesional que comprende el desarrollo normal del lenguaje, conoce las estrategias terapéuticas disponibles y dispone de mayores recursos para conducir la interacción, configurándose así una asimetría funcional que constituye el escenario propio de la paradoja del sabio y los bobos.
Primer imperativo operatorio: evitar el reforzamiento invisible: Mientras el niño lucha por articular una palabra, el logopeda podría sentirse tentado a completar sus frases, anticipar aquello que supone que desea decir o incluso responder por él con el propósito de disminuir su frustración; sin embargo, al hacerlo desplaza inadvertidamente el esfuerzo desde el proceso elaborativo del niño hacia su propia intervención, reforzando así la defectualidad que pretende corregir. La operatoria bioanalítica exige justamente lo contrario: sostener la espera, tolerar el tiempo que el niño necesita y favorecer que sea él quien, mediante su propio esfuerzo, logre construir la verbalización buscada.
Segundo imperativo operatorio: la expectativa incumplida: Del mismo modo, el logopeda no puede esperar que el niño hable fluidamente sólo porque comprende las instrucciones o manifiesta deseos de mejorar, pues tal expectativa se construye desde las posibilidades del terapeuta y no desde los índices de realidad que caracterizan al niño. Corresponde, por tanto, adecuar progresivamente las exigencias a las capacidades efectivamente disponibles, comprendiendo que el desarrollo no puede anticiparse mediante el deseo de quien conduce la relación.
Tercer imperativo operatorio: el reconocimiento de la defectualidad: Superadas estas primeras dificultades, corresponde al profesional comprender la naturaleza específica de la tartamudez que presenta ese niño, preguntándose cuáles son los factores que restringen sus posibilidades reales de comunicación, si predominan condiciones madurativas, dificultades del aprendizaje, alteraciones lingüísticas, factores neuromotores o emocionales, o una combinación de ellos, pues sólo a partir de ese reconocimiento será posible comprender el sufrimiento que acompaña cada intento de hablar, tolerar el dolor que dicha limitación produce y abandonar definitivamente toda interpretación fundada en la falta de voluntad o compromiso.
Cuarto imperativo operatorio: la conducción del proceso relacional: Reconocida la naturaleza de la defectualidad, corresponde entonces organizar una modalidad de relación compatible con ella, regulando el ritmo de la interacción, el modo de formular las preguntas, los tiempos de espera, el nivel de exigencia y la forma de acompañar emocionalmente al niño, de manera que cada intervención favorezca el desarrollo de aquellas capacidades que efectivamente pueden desplegarse, sin violentar los límites que todavía impone su condición.
Quinto imperativo operatorio: el límite y la aceptación de la angustia de castración: Finalmente, el logopeda deberá aceptar que el resultado del tratamiento nunca dependerá exclusivamente de su competencia profesional, pues la evolución estará condicionada por la naturaleza de la alteración, el momento evolutivo en que se inicia la intervención, la historia biográfica del niño y los recalculamientos intrapsíquicos que éste realice durante el proceso, de modo que existirán limitaciones susceptibles de una transformación importante y otras que sólo podrán modificarse parcialmente, sin que ello disminuya el valor operatorio de la intervención ni constituya un fracaso atribuible al terapeuta.
Ejemplo 2. Un niño que debe recibir una inyección
Un niño pequeño debe recibir una inyección. Llora, intenta esconderse y rechaza cualquier acercamiento del personal de salud. El profesional sabe que el procedimiento es necesario, pero también comprende que el niño todavía no dispone de los recursos emocionales para elaborar esa experiencia. En esta situación, los cinco imperativos vuelven a hacerse presentes. El profesional evita responder con irritación o amenazas, pues ello sólo reforzaría el sufrimiento inicial; abandona la expectativa de que el niño reaccione con la serenidad de un adulto; reconoce que el miedo constituye una respuesta esperable dadas sus condiciones de desarrollo; conduce la interacción mediante el tacto, la empatía y un lenguaje adecuado a su edad; y, finalmente, acepta que aun realizando correctamente todo el procedimiento, el niño puede continuar llorando o resistiéndose, porque ese desenlace depende también de procesos que exceden su operatoriedad.
05 · Cierre
Conclusiones
La paradoja del sabio y los bobos nos recuerda la segunda ley bioanalítica, que postula que “ningún proceso terapéutico puede conducir al paciente más allá del nivel de desarrollo alcanzado por su terapeuta”, y extiende este principio a toda interacción humana, según el cual quien dispone de un mayor nivel de desarrollo asume también una mayor responsabilidad en la conducción de la relación. Los cinco imperativos operatorios no constituyen únicamente una secuencia técnica de intervención, sino también una ética relacional fundada en el respeto por la naturaleza, la condición y las posibilidades del otro. Reconocer la defectualidad no significa enjuiciarla, justificarla ni negarla, sino sostenerla con tacto, ternura y rigor, favoreciendo las condiciones que hagan posible su progresiva transformación. Es precisamente esta disposición la que convierte al saber en una verdadera función terapéutica, educativa o formativa, haciendo de la verdad, del respeto por los índices de realidad y del encuentro humano los principales estructurantes del desarrollo psíquico.
Reconocer la defectualidad no significa enjuiciarla, justificarla ni negarla, sino sostenerla con tacto, ternura y rigor.